Las personas que llevamos unos cuantos años aprendiendo, compartiendo, integrando aspectos necesarios para el desarrollo personal sabemos de la importancia de identificar y gestionar nuestras propias emociones. Al mismo tiempo, entramos en una carrera en la que, a pesar de haber leído mil artículos sobre autorregulación y conocer el nombre de cada una de las emociones, pierdes los nervios, te cierras o te culpas por reaccionar.

Pero ¿Y si la inteligencia emocional no fuera cuestión de hacerlo mejor, sino de dejar de exigirnos tanto?

Vivimos en una época donde tenemos una saturación de información que nos puede llevar incluso a desbordarnos. Podemos saber qué sentimos, pero nos juzgamos por no estar a la altura de lo que creemos que debería ser una «persona emocionalmente inteligente». Hemos convertido la gestión emocional en un nuevo estándar de perfección, y ahí es donde se rompe algo esencial: nuestra conexión con lo que realmente nos pasa.

La inteligencia emocional no es control; es relación. Es el vínculo con lo que siento, lo que necesito y lo que ocurre cuando ya no puedo más. Cuando intentamos calmarnos demasiado rápido o «gestionar» sin escuchar, nos desconectamos de la información más valiosa que tenemos.

La diferencia entre la emoción y el conflicto

Desde la neurociencia básica, se sabe que una emoción primaria dura apenas unos segundos. Lo que la hace eterna y dolorosa es el juicio («esto no debería pasarme»), la culpa («otra vez igual») o la exigencia («ya debería saber hacerlo»).

La verdadera inteligencia emocional en la vida real no consiste en calmarse mágicamente, sino en detener el automatismo. No es huir de la tormenta, sino crear un espacio entre lo que siento y lo que hago. Es reconocer que hoy, simplemente, no puedes escuchar sin atacar, y elegir parar antes de lastimar o lastimarte.

Cinco habilidades para el día a día

En lugar de grandes técnicas, podemos construir la madurez emocional con gestos internos sencillos:

  • Saber cuándo no puedes con todo: Deja de exigirte una disponibilidad emocional permanente.
  • Escuchar lo que hay detrás del enfado: El enfado casi nunca es el fondo; suele ser la puerta de entrada a una necesidad no atendida.
  • Diferenciar sentir de pensar: «No me respetan» es un pensamiento que nos mete en bucles; «me siento dolida y tensa» es la emoción real sobre la que podemos trabajar.
  • Pedir empatía sin justificarte: No busques que te den la razón, busca no quedarte sola con lo que te pasa.
  • El silencio consciente: No todo conflicto necesita una respuesta inmediata. A veces, lo más inteligente es parar antes de decir algo que luego tendrás que reparar.

Al final del día, la pregunta clave no es si hemos sido perfectamente inteligentes emocionalmente, sino: ¿Me he tratado con humanidad cuando me he desbordado?

Si la inteligencia emocional no nos acerca a una mayor compasión, honestidad y cuidado hacia nosotros mismos y hacia los demás, entonces es solo una idea bonita con demasiado peso encima. La inteligencia emocional es, en esencia, una práctica cotidiana de volver a ti sin violencia, no para hacerlo perfecto, sino para hacerlo más humano.

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